sábado, 20 de noviembre de 2010

JUEGO POÉTICO: MOTIVACIÓN


Las sensaciones, las opiniones, las ideas, las descripciones, etc. Todo aquello que te sugiera cada una de las siguientes palabras:

A) Flor:
B) Lluvia:
C) ¿Qué refleja tu poesía?
D) ¿Cuál es tu objetivo al escribir poesía?
E) ¿Qué te sugiere la palabra poesía?
F) ¿Qué imagen asocias a poesía?
G) ¿Tu poesía transmite emociones o pensamientos?
H) ¿Qué poesía escribirás al terminar de darme tus respuestas?

HAIKUS CLÁSICOS


MATSUO BASHO
Un viejo estanque;
Se zambulle una rana,
Ruido de agua.
____

Crudo invierno:
El mundo de un solo color
Y el sonido del viento.
____

Canta el cuclillo:
Un bosque de bambú
Filtra la luna.



_____

Llora
la sombra de la anciana.
Compañera de la luna.

___

Este camino
nadie ya lo recorre
salvo el crepúsculo.



Kobayashi Issa
La mariposa revolotea
como si desesperara
en este mundo


BUSON Acá y allá
escuchan la cascada
jóvenes hierbas.



________________
Canto lejano de ruiseñor.
El día de hoy también
llega a su ocaso.

 
________________



Al oscurecerse el monte,
arrebata el granate
a las hojas del arce.
_______________
Cada mañana
¿dónde va pensativa
la primavera?
______________
Lluvia de primavera;
¡pobre de aquel
que nada escribe!
 
______________


El riachuelo
va al este, va al oeste
entre retoños.
______________
Cae la luna,
rápida es la marea:
alba de estío.


Konishi Raizan
Mil pequeños peces blancos
Como si hirviera
El color del agua


Masaoka Shiki Un cardumen de truchas
Pasó ante mis ojos
El color del agua

__________________
Las noches son breves
¿Cuántos días más
aún por vivir?




TANEDA SANTOKA (1882-1940) 
Otoño
La desgracia y nada más
Yo continúo mi viaje

 

EL GRITO DEL MUERTO LOVECRAFT

El grito de un muerto fue lo que me hizo concebir aquel intenso horror hacia el doctor Herbert West, horror que enturbió los últimos años de nuestra vida en común. Es natural que una cosa como el grito de un muerto produzca horror, ya que, evidentemente, no se trata de un suceso agradable ni ordinario. Pero yo estaba acostumbrado a esta clase de experiencias; por tanto, lo que me afectó en esa ocasión fue cierta circunstancia especial. Quiero decir, que no fue el muerto lo que me asustó.

Herbert West, de quien era yo compañero y ayudante, poseía intereses científicos muy alejados de la rutina habitual de un médico de pueblo. Esa era la razón por la que, al establecer su consulta en Bolton, había elegido una casa próxima al cementerio. Dicho brevemente y sin paliativos, el único interés absorbente de West consistía en el estudio secreto de los fenómenos de la vida y de su culminación, encaminados a reanimar a los muertos inyectándoles una solución estimulante. Para llevar a cabo estos macabros experimentos era preciso estar constantemente abastecidos de cadáveres humanos muy frescos; porque aún la más mínima descomposición daña la estructura del cerebro; y humanos, y descubrimos que el preparado necesitaba una composición específica, según los diferentes tipos de organismos. Matamos docenas de conejos y cobayas para tratarlos, pero este camino no nos llevó a ninguna parte. West nunca había conseguido plenamente su objetivo porque nunca había podido disponer de un cadáver suficientemente fresco. Necesitaba cuerpos cuya vitalidad hubiera cesado muy poco antes; cuerpos con todas las células intactas, capaces de recibir nuevamente el impulso hacia esa forma de movimiento llamado vida. Había esperanzas de volver perpetua esta segunda vida artificial mediante repetidas inyecciones; pero habíamos averiguado que una vida natural ordinaria no respondía a la acción. Para infundir movimiento artificial, debía quedar extinguida la vida nocturna: los ejemplares debían ser muy frescos, pero estar auténticamente muertos.

Habíamos empezado West y yo la pavorosa investigación siendo estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, de Arkham, profundamente convencidos desde un principio del carácter absolutamente mecanicista de la vida. Eso fue siete años antes; sin embargo, él no parecía haber envejecido ni un día: era bajo, rubio de cara afeitada, voz suave, y con gafas; a veces había algún destello en sus fríos ojos azules que delataba el duro y creciente fanatismo de su caracter, efecto de sus terribles investigaciones. Nuestras experiencias habían sido a menudo espantosas en extremo, debidas a una reanimación defectuosa, al galvanizar aquellos grumos de barro de cementerio en un movimiento morboso, insensato y anormal, merced a diversas modificaciones de la solución vital.

Uno de los ejemplares había proferido un alarido escalofriante; otro, se había levantado, violentamente, nos había derribado dejándonos inconscientes, y había huido enloquecido, antes de que lograran cogerle y encerrarlo tras los barrotes del manicomio; y un tercero, una monstruosidad nauseabunda y africana, había surgido de su poco profunda sepultura y había cometido una atrocidad... West había tenido que matarlo a tiros. No podíamos conseguir cadáveres lo bastante frescos como para que manifestasen algún vestigio de inteligencia al ser reanimados, de modo que forzosamente creábamos horrores indecibles. Era inquietante, pensar que uno de nuestros monstruos, o quizá dos, aun vivían... tal pensamiento nos estuvo atormentando de manera vaga, hasta que finalmente West desapareció en circunstancias espantosas.

Pero en la época del alarido en el laboratorio del sótano de la aislada casa de Bolton, nuestros temores estaban subordinados a la ansiedad por conseguir ejemplares extremadamente frescos. West se mostraba más ávido que yo, de forma que casi me parecía que miraba con codicia el físico de cualquier persona viva y saludable. Fue en julio de 1910 cuando empezó a mejorar nuestra suerte en lo que a ejemplares se refiere. Yo me había ido a Illinois a hacerle una larga visita a mis padres, y a mi regreso encontré a West en un estado de singular euforia. Me dijo excitado que casi con toda probabilidad había resuelto el problema de la frescura de los cadáveres abordándolo desde un ángulo enteramente distinto: el de la preservación artificial. Yo sabía que trabajaba en un preparado nuevo sumamente original, así que no me sorprendió que hubiera dado resultado; pero hasta que me hubo explicado los detalles, me tuvo un poco perplejo sobre cómo podía ayudarnos dicho preparado en nuestro trabajo, ya que el enojoso deterioro de los ejemplares se debía ante todo al tiempo transcurrido hasta que caían en nuestras manos. Esto lo había visto claramente West, según me daba cuenta ahora, al crear un compuesto embalsamador para uso futuro, más que inmediato, por si el destino le proporcionaba un cadáver muy reciente y sin enterrar, como nos había ocurrido años antes, con el negro aquel de Bolton, tras el combate de boxeo. Por último, el destino se nos mostró propicio, de forma que en esta ocasión conseguimos tener en el laboratorio secreto del sótano un cadáver cuya corrupción no había tenido posibilidad de empezar aun. West no se atrevía a predecir que sucedería en el momento de la reanimación, ni si podíamos esperar una revivificación de la mente y la razón. El experimento marcaría un hito en nuestros estudios, por lo que había conservado este nuevo cuerpo hasta mi regreso, a fin de que compartiésemos los dos el resultado de la forma acostumbrada.

West me contó cómo había conseguido el ejemplar. Había sido un hombre vigoroso; un extranjero bien vestido que se acababa de apear al tren, y que se dirigía a las Fabricas Textiles de Bolton a resolver unos asuntos. Había dado un largo paseo por el pueblo, y al detenerse en nuestra casa a preguntar el camino de las fábricas, había sufrido un ataque al corazón. Se negó a tomar un cordial, y cayo súbitamente muerto, un momento después. Como era de esperar, el cadáver le pareció a West como llovido del cielo. En su breve conversación, el forastero le había explicado que no conocía a nadie en Bolton; y tras registrarle los bolsillos después, averiguó que se trataba de un tal Robert Leavitt, de St. Louis, al parecer sin familia que pudiera hacer averiguaciones sobre su desaparición. Si no conseguía devolverlo a la vida, nadie se enteraría de nuestro experimento. Solíamos enterrar los despojos en una espesa franja de bosque que había entre nuestra casa y el cementerio de enterramientos anónimos. En cambio, si teníamos éxito, nuestra fama quedaría brillante y perpetuamente establecida. De modo que West había inyectado sin demora, en la muñeca del cadáver, el preparado que le mantendría fresco hasta mi llegada. La posible debilidad del corazón, que a mi juicio haría peligrar el éxito de nuestro experimento, no parecía preocupar demasiado a West. Esperaba conseguir al fin lo que no había logrado hasta ahora: reavivar la chispa de la razón y devolverle la vida, quizá, a una criatura normal. De modo que la noche del 18 de julio de 1910; Herbert West y yo nos encontrábamos en el laboratorio del sótano, contemplando la figura blanca e inmóvil bajo la luz cegadora de la lámpara. El compuesto embalsamador había dado un resultado extraordinariamente positivo; pues al comprobar fascinado el cuerpo robusto que llevaba dos semanas sin que sobreviniese la rigidez, pedí a West que me diese garantías de que estaba verdaderamente muerto. Me las dio en el acto, recordándome que jamás administrábamos la solución reanimadora sin una serie de pruebas minuciosas para comprobar que no había vida; ya que en caso de subsistir el menor vestigio de vitalidad original no tendría ningún efecto. Cuando West se puso a hacer todos los preparativos, me quedé impresionado ante la enorme complejidad del nuevo experimento; era tanta, que no quiso confiar el trabajo a otras manos que las suyas. Y tras prohibirme tocar siquiera el cuerpo, inyectó primero una droga en la muñeca, cerca del sitio donde había pinchado para inyectarle el compuesto embalsamador. Ésta, dijo, neutralizaría el compuesto y liberaría los sistemas sumiéndolos en una relajación normal, de forma que la solución reanimadora pudiese actuar libremente al ser inyectada. Poco después, cuando se observó un cambio, y un leve temblor pareció afectar los miembros muertos, West colocó sobre la cara espasmódica una especie de almohada, la apretó violentamente y no la retiró hasta que el cadáver se quedó absolutamente inmóvil y listo para nuestro intento de reanimación. Él, pálido y entusiasta se dedicó ahora a efectuar unas cuantas pruebas finales y someras para comprobar la absoluta carencia de vida, se aparto satisfecho y, finalmente inyectó en el brazo izquierdo una dosis meticulosamente medida del elixir vital, preparado durante la tarde con más minuciosidad que nunca, desde nuestros tiempos universitarios, en que nuestras hazañas eran nuevas e inseguras. No me es posible describir la tremenda e intensa incertidumbre con que esperamos los resultados de este primer ejemplar auténticamente fresco: el primero del que podíamos esperar razonablemente que abriese los labios y nos contase quizá, con voz inteligente, lo que había visto al otro lado del insondable abismo.

West era materialista, no creía en el alma, y atribuía toda función de la conciencia a fenómenos corporales; por consiguiente, no esperaba ninguna revelación sobre espantosos secretos de abismos y cavernas más allá de la barrera de la muerte. Yo no disentía completamente de su teoría, aunque conservaba vagos e instintivos vestigios de la primitiva fe de mis antecesores; de modo que no podía dejar de observar el cadáver con cierto temor y terrible expectación. Además... no podía borrar de mi memoria aquel grito espantoso e inhumano que oímos la noche en que intentamos nuestro primer experimento en la deshabitada granja de Arkham.

Había transcurrido muy poco tiempo, cuando observé que el ensayo no iba a ser un fracaso total. Sus mejillas, hasta ahora blancas como la pared, habían adquirido un levísimo color, que luego se extendió bajo la barba incipiente, curiosamente amplia y arenosa. West, que tenía la mano puesta en el pulso de la muñeca izquierda del ejemplar, asintió de pronto significativamente; y casi de manera simultánea, apareció un vaho en el espejo inclinado sobre la boca del cadáver. Siguieron unos cuantos movimientos musculares espasmódicos; y a continuación una respiración audible y un movimiento visible del pecho. Observe los párpados cerrados, y me pareció percibir un temblor. Después, se abrieron y mostraron unos ojos grises, serenos y vivos, aunque todavía sin inteligencia, ni siquiera curiosidad. Movido por una fantástica ocurrencia, susurre unas preguntas en la oreja cada vez más colorada; unas preguntas sobre otros mundos cuyo recuerdo aun podía estar presente. Era el terror lo que las extraía de mi mente; pero creo que la última que repetí, fue: "¿Dónde has estado?". Aún no sé si me contestó o no, ya que no brotó ningún sonido de su bien formada boca; lo que sí recuerdo es que en aquel instante creí firmemente que los labios delgados se movieron ligeramente, formando sílabas que yo habría vocalizado como "sólo ahora", si la frase hubiese tenido sentido o relación con lo que le preguntaba. En aquel instante me sentí lleno de alegría, convencido de que habíamos alcanzado el gran objetivo y que, por primera vez, un cuerpo reanimado había pronunciado palabras movido claramente por la verdadera razón. Un segundo después, ya no cupo ninguna duda sobre el éxito, ninguna duda de que la solución había cumplido cabalmente su función, al menos de manera transitoria, devolviéndole al muerto una vida racional y articulada... Pero con ese triunfo me invadió el más grande de los terrores... no a causa del ser que había hablado, sino por la acción que había presenciado, y por el hombre a quien me unían las vicisitudes profesionales. Porque aquel cadáver fresco, cobrando conciencia finalmente de forma aterradora, con los ojos dilatados por el recuerdo de su última escena en la tierra, manoteó frenético en una lucha de vida o muerte con el aire y, de súbito, se desplomó en una segunda y definitiva disolución, de la que ya no pudo volver, profiriendo un grito que resonara eternamente en mi cerebro atormentado:

¡Auxilio! ¡Aparta, maldito demonio pelirrojo... aparta esa condenada aguja!

DECÁLOGO PARA ESCRIBIR UN HAIKU (Jessica Gil)



1.Observa lo que hay a tu alrededor
2.Déjate conmover por la circunstancia
3.No le quites el protagonismo a lo que pasa: el haiyin o hacedor de haikus es un mero espectador.
4.Sitúa lo que pasa en el tiempo: añade un kigo (elemento identificador de la estación del año)
5.Proyecta el sabor a haiku
6.Recuerda el canon 5-7-5.Las rimas son innecesarias.
7.No embellezcas el haiku con recursos literarios.El momento que conmueve es bello de por sí.
8.Plasma la emoción o la observación que realizas
9.Economiza las palabras:omite palabras largas
10.Lee a los clásicos y empápate de su modo de vida.Hay un pensamiento profundo tras ellos

Ahora que ya conoces los pasos, síguelos,llena tu vida de haikus,que aunque aparentemente lleven un mínimo espacio, contienen una expresión máxima. Animaos a escribir haikus y a publicarlos en el muro del facebook LITERALBA NOVAONDA

Ejercicios de creatividad literaria


Al parecer, cada vez más, un cuento debe atraparnos desde el principio. De lo contrario difícilmente alguien termine de leerlo. La gratificación inmediata es una característica de nuestro tiempo.

El comienzo debe ser ágil. Tiene que atraer al lector. Hemingway tenía una receta sencilla pero efectiva: “Escribe frases breves. Comienza siempre por una oración corta.”
Pero, como todo en literatura esta no es una verdad absoluta. En realidad el estilo del autor marca la obra desde el primer párrafo. Al principio, seguramente te sentará mejor comenzar en armonía con tus autores predilectos.
Toma una media docena de tus cuentos favoritos y observa como están construidos los comienzos. ¿Se trata de enunciados largos o cortos? ¿Comienzan con una afirmación o con una pregunta? ¿Quién habla primero: un narrador externo, tal vez un personaje?
El comienzo es la primera oportunidad para conquistar al lector, en palabras de Nancy Kress :
“Dedica especial atención al primer párrafo El que pega primero, pega dos veces.”
Asimismo, el comienzo del cuento suele ser el punto de partida para la creación.
El escritor argentino Jorge Luis Borges comentaba con respecto a la construcción de sus cuentos:
“En el caso de un cuento, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir qué sucede entre el principio y el fin.”
Supongamos que nuestro protagonista es un carpintero de unos treinta años que al volver a su casa tras una larga jornada de trabajo recibe una llamada.
Al final del cuento el protagonista se encuentra sosteniendo una pistola frente a una mujer algo mayor que él, dispuesto a disparar.
¿Puedes imaginar qué ha pasado? Intenta develar el misterio mientras escribes.
En homenaje a Pippo Cippolatti propongo en siguiente desafío:
Principio, medio y final dados. Escribir un texto que incluya las frases siguientes. (La primera será la inicial, la tercera será la última y la segunda estará colocada aproximadamente en el medio):
  • “Era sábado a la noche, tenía plata y hacía calor” 
  • "Me preguntó: “¿Usted, quién es?” 
  • "Me dijo: “Nos volveremos a ver” "

sábado, 16 de octubre de 2010

Una primera gran mujer literata,sección de Inés 4 de octubre de 2010

Durante los últimos años del Medievo, entrando ya en el Renacimiento, hubo un grupo de mujeres pensadoras que formularon una ideología propia que buscaba una lógica distinta a la imperante masculina sobre el sexo femenino. Es lo que se ha dado en llamar la “Querella de las Mujeres”, primer movimiento reivindicativo, más ideológico que práctico, en demanda del reconocimiento del papel de la mujer en el mundo medieval. De estas pensadoras, las más reconocidas en nuestra Península fueron Isabel de Villena y Teresa de Cartagena. A esta última vamos a referirnos. Teresa de Cartagena fue una de las primeras voces que asumen el reto de defender la posibilidad y aún el derecho de escribir de las mujeres. Así podemos ver en su obra Admiración Operum Dey o Admiración de la obras de Dios. La difusión pública de la Arboleda de los enfermos (anterior obra de Teresa,  que dedicó a una “virtuosa señora” que era doña Juana de Mendoza, esposa de Gómez Manrique, corregidor de Toledo), provocó un vendaval de críticas en el mundo culto masculino. Como era de esperar, los eruditos medievales que recibieron y criticaron la obra de Teresa de Cartagena, no la aceptarían debido principalmente a su doble incapacidad: estar sorda y ser mujer.

La autora comienza entonces a contrarrestar esos argumentos apartándose, en primer lugar, de la creencia común que establecía lazos de unión entre los incapacitados y los demonios, afirmando una vez más que ella puede “escuchar” a Dios, pues, de hecho, todo disminuido físico, por su propia debilidad, “era más querido y estaba más cercano a Dios”. Y así como su primer escrito había surgido a manera de “autoconsolación”, el segundo nacería como una clara “autodefensa”, haciendo énfasis en la reivindicación de la capacidad femenina para la erudición. En esta, su segunda obra, “Admiraçión Operum Dey” o Admiración de las obras de Dios”, utiliza varios argumentos contra sus detractores, de entre los cuales destacamos:
1.      Si Dios concedió el don de la escritura a los hombres, también se lo ha concedido a las mujeres.
2.      El que las mujeres no hayan escrito tradicionalmente no significa que la escritura femenina sea menos natural.
3.      Por último, afirma que discutir la autoridad de Dios a la hora de distribuir sus bienes es una ofensa contra Él.

Es decir, partiendo del hecho de que la escritura es propia de la condición natural de la mujer, la autora se reconoce, como todos los escritores de su época, inspirada por Dios, y, firme en las cualidades de su talento, se asombra de que los hombres se maravillen de que una mujer pueda escribir tratados:

... los prudentes varones se maravillan ... no ser usado en el estado fimíneo este acto de conponer libros e tractados, ca todas las cosas nuevas o non acostumbradas siempre causan admiración; … Que debda tan escusada es dubdar que la muger entienda algund bien e sepa hazer tractados ...



Haciéndose eco de los estereotipos sociales de su época, argumentaba que tanto al hombre como a la mujer, le fueron destinadas tareas propias: “
al hombre, guardar las cosas de afuera e saberse ganar los bienes de fortuna, como el regir e gobernar e defender sus patrias, y a la mujer, con su yndustria e trabajo e obras domésticas e delicadas, dar fuerça e vigor, e sin duda no pequeño sobsidio a los varones.”

En este sentido, su obra “Admiración de las obras de Dios”, coincidiría con los argumentos planteados por la doctrina cristiana en fiel seguimiento a la Biblia de que la mujer es inferior al hombre y le debe obediencia y sumisión, pero es aquí precisamente, donde encontramos la originalidad de la propuesta por parte de la religiosa: si Dios hizo a un sexo más fuerte que al otro, no fue para favorecer a una de las partes, e incluso
“…se podría aquí argüir quál es de mayor vigor, el ayudado o el ayudador: ya vedes lo que a esto responde la razón”.


Teresa de Cartagena plantea, en definitiva, de manera abierta, la igualdad entre hombre y mujer, y la posibilidad, incluso, de que ésta supere a su compañero, y haciendo uso de una gran habilidad dialéctica, señala que su intención no es
ofender el estado superior e honorable de los prudentes varones, ni tampoco favorecer al fimíneo más solamente loar la o[m]nipotencia e sabiduría e magnificencia de Dios.”
 Los principios de la historia

«Uno de los puntos importantes en una obra es el comienzo, no importa que esta sea un relato o una novela larga. ¡Hay que atrapar al lector! , por ello la historia no debe de empezar con una larga y detallada descripción del personaje principal, quién y cómo es, ni siquiera del mundo que le rodea o de lo que hace todos los días.
La historia comienza cuando algo le sucede al protagonista. Cuando su rutina de todos los días cambia, cuando sus costumbres se rompen, cuando algo pequeño o grande sucede o cuando algo extraordinario se manifiesta. Es decir, con un punto de tensión que altera lo habitual, y este es uno de los puntos claves de toda buena historia.
Y, si eso es cierto en todos los casos, se convierte en un requisito indispensable el que se cumpla en los relatos cortos o largos.
Los relatos requieren una extrema eficiencia y concreción. Cuantos más cortos, más eficientes y concretos han de ser, pues apenas hay sitio para nada banal o superfluo. Los primeros párrafos deben incluir bastantes cosas para lograr asentar los primeros cimientos de forma estable. Hay que lograr introducir el carácter de la historia, el tono emocional desde el primer momento. Hay que presentar un coherente punto de vista a través del cual la historia será percibida.
Hay que proveer un marco en el que él protagonista se mueva. Si la historia tiene alguna idea especial, extraordinaria, no se debería dejar al lector hasta el final sin conocerla, si es posible debe mostrarla desde el principio. Algunos piensan que dejándola como sorpresa final se consigue el impacto necesario para cautivar al lector sin darse cuenta de que el escritor construye la historia desde la primera palabra y de que unos buenos cimientos aseguran un buen edificio. Dejarlo todo para el final es una de las peores estrategias a las que el escritor puede encomendarse» (Ricardo de la Casa).

Cómo escribo
«Escribo, a mano, y hago muchas, muchas correcciones. Diría que tacho más de lo que escribo. Tengo que buscar cada palabra cuando hablo, y experimento la misma dificultad cuando escribo. Después hago una cantidad de adiciones, interpolaciones, con una caligrafía diminuta.
Me gustaría trabajar todos los días. Pero, ha la mañana invento todo tipo de excusas para no trabajar: tengo que salir, hacer alguna compra, comprar los periódicos. Por lo general, me las arreglo para desperdiciar la mañana así que termino escribiendo de tarde.

        Soy un escritor diurno, pero como desperdicio la mañana, me he convertido en un escritor vespertino. Podría escribir de noche, pero como desperdicio la mañana, me he convertido en un escritor vespertino. Podría escribir de noche, pero cuando lo hago no duermo. Así que trato de evitarlo.
        Siempre tengo una cantidad de proyectos. Tengo una lista de alrededor de veinte libros que me gustarían escribir, pero después llega el momento de decidir que voy a escribir ese libro.

        Cuando escribo un libro que es pura invención, siento un anhelo de escribir de un modo que trate directamente la vida cotidiana, mis actividades e ideas. En ese momento, el libro que me gustaría escribir no es el que estoy escribiendo. Por otra parte, cuando estoy escribiendo algo muy autobiográfico, ligado a las particularidades de la vida cotidiana, mi deseo va en dirección opuesta. El libro se convierte en uno de invención, sin relación aparente conmigo mismo y, tal vez por esa misma razón, más sincero» (Italo Calvino). 

POESÍA “Y fue a esa edad. Llegó la poesía a buscarme” Lunes 4 de octubre de 2010,primer programa

Todas las semanas vamos a abordar en esta sección unos poemas breves procedentes de la tradición japonesa llamados Haiku. El haiku (俳句, haiku?) consiste en un poema breve de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente. Es una de las formas de poesía tradicional japonesa más extendidas En ellos se condensa una concepción de la vida que tiende a la tranquilidad, desde sus inicios (de hecho,contienen filosofía zen) aunque ha sufrido una evolución paulatina y ya,aparte de tratar la vida en el campo, se habla sobre la ciudad. Vamos a seguir esa evolución semana a semana.
El haiyin o escritor de haikus se queda impactado por el momento, recibe el aware o sorpresa,que le lleva a reflejarlo por escrito. En los haiku queda constancia del espacio y del tiempo, se habla de un dónde y el cuándo se tiene que deducir en parte, ya que el haiyin utiliza kigos, unos elementos que le permiten hacer una referencia al tiempo sin nombrarlo. De ellos se deduce la estación del año.  el yo se omite en el poema, lo que importa es lo que pasa. Tienen ese carácter trascendental del que hablábamos. Los Haijin más importantes de la historia de Japón son Matsuo Bashō, Yosa Buson, Kobayashi Issa, Usuda Arô, Masaoka Shiki, Uejima Onitsura, Ritsurin Issekiro, Arakida Morikate, Yamasaki Sokan, Ihara Saikaku (también llamado Ibara Saikaku), entre otros.
Muchos haiku van acompañados de una pintura que se llama haiga. No es necesario que sea una pintura perfecta, solo refleja lo que se dice en el haiku.
Hemos hablado de haiyin en masculino,pero también encontramos numerosas autoras de haiku: Den Sute-jo, Sonome, Shushiki y sobre todo Chiyo ni (千代尼), considerada la mejor creadora de haiku.
En Albacete tenemos una Asociación de haiku compuesta por haiyines como Frutos Soriano y Elias Rovira, entre otros. Los haiku tienen gran difusión.
Entre los principales estudiosos de haiku, destacan Fernando Rodríguez Izquierdo, el iniciador de los estudios de haiku a gran escala, y el nipólogo Vicente Haya. Tuve la suerte de ver a ambos en un curso de verano organizado por la Facultad de Humanidades de Albacete.
Vamos a conocer la obra de MATSUO BASHO
Un viejo estanque;
Se zambulle una rana,
Ruido de agua.
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Crudo invierno:
El mundo de un solo color
Y el sonido del viento.
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Canta el cuclillo:
Un bosque de bambú
Filtra la luna.
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Llora
 la sombra de la anciana.
Compañera de la luna.
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Este camino
nadie Ya lo recorre
salvo el crepúsculo.
JUEGO POÉTICO: MOTIVACIÓN
Las sensaciones, las opiniones, las ideas, las descripciones, etc. Todo aquello que te sugiera cada una de las siguientes palabras:

A) Flor:
B) Lluvia:
C) ¿Qué refleja tu poesía?
D) ¿Cuál es tu objetivo al escribir poesía?
E) ¿Qué te sugiere la palabra poesía?
F) ¿Qué imagen asocias a poesía?
G) ¿Tu poesía transmite emociones o pensamientos?
H) ¿Qué poesía escribirás al terminar de darme tus respuestas?